En las conversaciones del día a día empiezan a escucharse comentarios sobre las elecciones del próximo año, y más que ilusión se percibe miedo y resignación. En un país al que llamamos “el de la eterna primavera” parecemos atrapados en un desierto del que tratamos de escapar caminando en círculos sin darnos cuenta de que conocemos la ruta y que con un leve giro podemos cambiar nuestro destino. Ante la posibilidad de que el lector piense que estas líneas son simplemente un cliché y que el autor ha caído presa de discursos ilusos y faltos de sustancia, le pido que me permita explicarme despacio.
Mientras los políticos y partidos preparan los jingles y los reels con los que buscarán captar la atención de los votantes, los ciudadanos ven con tristeza y resignación a los candidatos. Y aunque es fácil caer en la resignación y volver a votar por el menos malo y aguantar por cuatro años más estable inestabilidad, nos olvidamos de que la democracia no se trata de marcar una papeleta cada cuatro años y observar pasivamente. Una democracia real y sana debe contar con una sociedad civil organizada que recuerde permanentemente a los políticos a quién deben responder. Es a través de espacios de diálogo y encuentro que podemos limar asperezas y establecer relaciones sólidas entre las instituciones de gobierno, culturales, universitarias y empresariales.
Para devolver el brillo a Quetzaltenango contamos con una sólida tradición de progreso económico, cultural y político de la que debemos aprender. Sin embargo, al hablar de tradición no podemos quedarnos anclados en viejos títulos como “la Cuna de la Cultura” o “La Tacita de Plata” y debemos reflexionar qué nos hizo perder la antigua fama de la ciudad. Aquellas tradiciones que antaño dieron a la ciudad fama y riqueza, hoy languidecen mientras las nuevas generaciones voltean hacia otros horizontes buscando su futuro.
Según una cita atribuida al compositor alemán Gustav Mahler, la conservación de la tradición no puede ser la adoración de las cenizas sino la preservación del fuego, y ese es justo el reto al que se enfrenta la sociedad quetzalteca. Como quetzaltecos no podemos quedarnos amalayando aquella ciudad de nuestros recuerdos, sino debemos usar ese tiempo y esa energía en pensar y construir la ciudad que queremos para el presente y futuro. Esas historias que llenan nuestras conversaciones deben ser convertidas en proyectos e ideas para dar una nueva vida a la ciudad que tanto amamos.
La recuperación de Quetzaltenango no la pueden realizar solos los empresarios o la sociedad civil organizada, porque necesitan del apoyo de las autoridades. Por ello debemos construir una democracia activa, viva y vibrante, donde el sector público y privado se vean como aliados en la misión de recuperar el brillo de la ciudad. El próximo año tendremos una nueva oportunidad para elegir a nuestro alcalde y deberemos reflexionar sobre qué tipo de autoridades queremos y compartir y debatir nuestras ideas para llegar a un ideal conjunto.
Como ciudadanos debemos asumir nuestra responsabilidad en la elección de las autoridades y mantenernos pendientes de las acciones de los políticos que seleccionamos para dirigir nuestra ciudad. Para nosotros, quetzaltecos de corazón, esa vigilancia de las autoridades no puede ensuciarse con tintes partidistas o viejos rencores, sino que debe estar guiada por ese ideal conjunto. De esta forma conseguiremos que las políticas adoptadas tengan un impacto positivo real y sostenido en la ciudad.
Para orientar adecuadamente nuestros próximos pasos como sociedad es necesario que conozcamos a fondo nuestra historia, de manera que identifiquemos los retos sin resolver y las señas que han caracterizado nuestra ciudad. Así podremos ver, por ejemplo, que, para recuperar el impulso industrial de la ciudad, debemos empezar por solucionar los problemas en el suministro de electricidad y agua potable. O también veremos que, para recuperar la vibrante vida cultural de la ciudad, nuestros teatros, bibliotecas y conservatorios deben gestionarse profesionalmente para atraer a las nuevas generaciones.
Estas acciones solo pueden ser impulsadas por personas que amen y conozcan nuestra identidad, historia y cultura. Por ello, cuando empiece la interminable seguidilla de foros y debates entre candidatos a alcalde, debemos tener ideas claras de lo que queremos exigir a los candidatos. Mientras sigamos actuando pasivamente, daremos más espacio a la destrucción de nuestra ciudad y nos quedaremos adorando las cenizas de lo que un día fuimos. Nuestro compromiso con Quetzaltenango debe traducirse en una participación activa en los grandes debates de la ciudad, y así moldearemos nuestro futuro y transmitiremos ese fuego que nos caracteriza.
Juan Diego Molina Méndez
Quetzalteco comprometido desde allá donde se encuentre. Graduado en Historia por la Universidad de Salamanca, Máster en Ciencia Política y Máster en Análisis económico del Derecho y de las Políticas Públicas por la misma casa. Doctor en Artes y Humanidades por la Universidad de Navarra. Ha trabajado en diversas universidades de Guatemala, España y Colombia. Actualmente es profesor en la Universidad de las Hespérides (Las Palmas, España).