
¿Qué sucede cuando los jóvenes que entran a la política para cambiar las estructuras descubren que, para llegar al poder, primero tienen que aprender a sobrevivir dentro de ellas?
Desde mi involucramiento en organizaciones y espacios público-políticos en 2021, he observado un interés progresivo de la juventud, particularmente en Quetzaltenango, por participar en asuntos que durante mucho tiempo parecieron pertenecer exclusivamente a los adultos. Cuando comencé a involucrarme, encontraba pocos jóvenes interesados en estos espacios. Incluso organizaciones que buscaban promover la participación juvenil enfrentaban dificultades para mantenerse activas. En los movimientos sociales, además, la presencia juvenil era considerablemente menor frente a la de personas adultas.
Hoy percibo algo diferente. Cada vez hay más jóvenes que quieren involucrarse, discutir los problemas que afectan a sus comunidades y formar parte de las decisiones que determinan el rumbo del país. No es un interés menor, Guatemala es un país joven. Las personas de entre 18 y 30 años representan aproximadamente el 24.6% de la población nacional, según datos del Censo 2023 utilizados por UNFPA.
Sin embargo, que existan más jóvenes interesados en participar no significa que todos tengan las mismas motivaciones.
Hay quienes buscan construir espacios donde otros puedan participar, compartir conocimientos y encontrar oportunidades. Pero también existen jóvenes que entienden estos espacios como una forma de conseguir influencia, contactos, reconocimiento o posiciones de poder. Algunos lo hacen desde la necesidad, en un país donde las oportunidades laborales y económicas no están distribuidas de manera equitativa, buscar estabilidad también puede convertirse en una cuestión de supervivencia. Otros, sin embargo, lo hacen desde la ambición desmedida, buscando acumular beneficios y conservarlos únicamente para sí mismos.
El problema aparece cuando esa búsqueda individual comienza a reproducir aquello que originalmente queríamos cambiar.
He visto espacios donde compartir información parece convertirse en una amenaza. Oportunidades que podrían beneficiar a varios jóvenes se guardan para unos pocos. Personas que alcanzan posiciones de mayor influencia terminan rodeándose únicamente de quienes pertenecen a su mismo círculo, mientras quienes alguna vez compartieron las mismas necesidades quedan fuera. Así, terminamos construyendo nuevos círculos cerrados dentro de estructuras que alguna vez criticamos por ser cerradas. ¿De qué sirve cambiar los rostros si mantenemos las mismas prácticas?
También existe una contradicción en la manera en que las instituciones entienden la participación juvenil. Muchas veces se diseñan programas y políticas dirigidos a jóvenes, pero los jóvenes no participamos realmente en su implementación o en las decisiones que determinan cómo funcionarán. Se reconoce nuestra existencia cuando es necesario diseñar una política para nosotros o cuando nuestros votos pueden ser determinantes, pero nuestra voz pierde valor cuando cuestionamos a quienes tienen el poder.
Esto no significa que los adultos no deban participar. Guatemala necesita experiencia, conocimiento institucional y personas capaces de navegar estructuras que llevan décadas funcionando de determinadas maneras. El problema aparece cuando esa experiencia se utiliza para invalidar la voz de quienes viven actualmente las necesidades que esas políticas pretenden resolver.
Por eso, creo que la participación juvenil no debería convertirse en una competencia por determinar quién sabe más, quién tiene mejores contactos o quién logra llegar más lejos. Debería ser una oportunidad para construir comunidades capaces de apoyarse entre sí. Mientras todavía no tengamos posiciones de poder, podemos compartir información, abrir espacios, involucrar a nuevos jóvenes, exigir transparencia y crear oportunidades para quienes vienen detrás. Podemos recordar que la política no solamente está en los edificios públicos o en las campañas electorales. También está en reconocer al adulto mayor que pide ayuda en la calle, a la madre que no encuentra oportunidades para alimentar a sus hijos, al perro abandonado o al gato que sobrevive en las calles.
Porque al final, la política debería seguir teniendo algo de humano.
Tener ambiciones no está mal. Querer una posición de influencia tampoco. El problema comienza cuando para cumplir nuestras propias aspiraciones necesitamos arrebatarle a alguien más la posibilidad de cumplir las suyas.
Por eso, si algún día un joven alcanza ese espacio de poder que tanto buscaba, debería recordar de dónde viene y hacia dónde quería ir. Debería recordar a quienes estuvieron a su lado, las necesidades que alguna vez defendió y las razones que lo llevaron a participar. Debería abrir las puertas que encontró cerradas y crear oportunidades para que otros también puedan avanzar.
Creo que sí podemos cambiar nuestras estructuras, aunque hacerlo dentro de un sistema deteriorado sea difícil. Quizá el verdadero desafío no sea llegar al poder sin mancharse las manos, sino evitar que el poder nos haga olvidar por qué decidimos ensuciarlas en primer lugar.
No venderse no significa estar de acuerdo o en desacuerdo con un partido político.
Significa conservar la dignidad, la moral y la capacidad de reconocer al otro. Significa no permitir que un nuevo círculo social, un cargo o una posición de poder nos haga olvidar a las personas que alguna vez quisimos representar.
No venderse es seguir viendo al de la par.
Mi nombre es Luis José Castillo Rivas, estudiante de la facultad de Ingeniería, carrera Ingeniería en Informática y Sistemas – 1576226