Las oportunidades no siempre llegan a buscarnos. A veces tenemos que salir,
tocar puertas y demostrar lo que somos capaces de hacer.
Una de las preguntas que más escuchamos entre los jóvenes es: ¿qué podría
emprender hoy? Buscamos ideas en internet, observamos negocios que funcionan en
otros países, analizamos tendencias e intentamos imaginar algo completamente nuevo.
Sin embargo, muchas veces la respuesta está mucho más cerca: en aquello que nos
hace perder tiempo, en un proceso que sigue siendo demasiado complicado, en un
servicio que podría prestarse mejor, en una empresa que necesita modernizarse o en
una necesidad que existe, pero que nadie ha decidido atender correctamente. Ahí
puede comenzar una empresa.
Mi nombre es Pablo Mazariegos, tengo 22 años, soy estudiante de Ingeniería en
Informática y Sistemas y cofundador de Kaiden S.A. Desde pequeño tuve una afinidad
especial por la tecnología. Me interesaba descubrir cómo funcionaban las cosas,
conocer nuevas herramientas y entender hasta dónde podía llegar la innovación. Con
los años comprendí algo todavía más importante: la tecnología adquiere verdadero
valor cuando resuelve un problema.
Durante mi formación universitaria conocí a Estuardo Vázquez. Nuestras habilidades
eran diferentes y precisamente ahí encontramos una fortaleza. Mientras mi formación
estaba orientada hacia la tecnología, él poseía capacidades creativas y de diseño que
complementaban las mías. Con el tiempo dejamos de ser únicamente compañeros y
decidimos convertirnos en socios. Así nació Kaiden S.A., una empresa enfocada en
utilizar la tecnología, el desarrollo y la creatividad para construir soluciones para otras
empresas y organizaciones.
El nombre Kaiden representa para nosotros una idea: “innovación electrificante”. Pero
detrás de ese nombre no existió una fórmula secreta, una enorme inversión ni la
certeza de que todo saldría bien. Existía una decisión: comenzar. Y después de
comenzar descubrimos algo igual de importante: una empresa nueva no puede
quedarse esperando a que los clientes lleguen.
Hay que tocar puertas
Al principio nadie conoce tu empresa. No existe una trayectoria extensa que mostrar,
no tienes decenas de clientes recomendándote y probablemente tampoco cuentas con
todos los recursos que quisieras tener. Lo que sí tienes es la posibilidad de salir a
buscar oportunidades. Eso significa presentarte, hablar con personas, contarles qué
haces, escuchar sus necesidades, presentar propuestas, recibir un “no” y volver a tocar
otra puerta.Como jóvenes, a veces creemos que las oportunidades aparecerán cuando
terminemos la universidad, cuando tengamos determinado título, cuando contemos con
suficiente dinero o cuando alguien finalmente descubra nuestro talento. Pero he
aprendido que muchas oportunidades no se encuentran esperando; se encuentran
buscando. Una conversación puede convertirse en un contacto, un contacto puede
llevarte a una reunión, una reunión puede convertirse en tu primer cliente y ese primer
cliente puede abrirte una puerta que todavía no sabes que existe. No todas se abrirán,
y eso también forma parte del camino.
Observar antes de emprender
Cuando comenzamos Kaiden no nos preguntamos únicamente qué podíamos vender.
Comenzamos preguntándonos qué problemas podíamos resolver. Esa diferencia
parece pequeña, pero cambia completamente la manera de entender un negocio. Una
empresa no existe únicamente porque tenga un producto, una oficina, colaboradores o
una marca; existe porque alguien encuentra suficiente valor en aquello que hace.
Por eso considero que una de las principales habilidades de un emprendedor es saber
observar: identificar dónde existe frustración, dónde se desperdicia tiempo, qué
proceso podría simplificarse, qué organización necesita tecnología, dónde un cliente
podría recibir un mejor servicio y, sobre todo, dónde nuestras capacidades pueden
convertirse en una solución. Cada una de esas situaciones puede esconder una
oportunidad empresarial.
De una idea a proyectos reales
Han pasado casi dos años desde que decidimos comenzar Kaiden. Gracias a Dios,
durante ese tiempo nuestra empresa ha ido creciendo. Hemos conseguido nuevos
clientes, asumido proyectos cada vez más importantes y enfrentado retos que al inicio
probablemente nos habrían parecido demasiado grandes. Pero esos proyectos no
aparecieron mágicamente. Detrás de cada avance ha existido trabajo, aprendizaje,
conversaciones, propuestas, errores, puertas que se abrieron y también otras que
permanecieron cerradas.
Eso me ha permitido comprender que emprender no significa tener éxito desde el
primer intento. Significa seguir construyendo incluso cuando todavía nadie puede ver
aquello que tú estás intentando construir. Un proyecto pequeño te prepara para uno
más grande, un error te ayuda a tomar una mejor decisión, un cliente te permite
comprender al siguiente y una puerta cerrada puede obligarte a buscar otra que nunca
habías considerado.
Sí hay oportunidades para los jóvenes
Quiero detenerme especialmente en esto porque considero que muchos jóvenes
necesitamos escucharlo: sí existen oportunidades. Quizá no siempre aparecen de lamanera
que imaginamos y definitivamente no todas llegan por sí solas. Tenemos que
prepararnos para encontrarlas.
Quetzaltenango y Guatemala están llenos de empresas, instituciones, comercios,
profesionales y personas que todos los días enfrentan problemas que necesitan
solución. Para alguien, eso representa una dificultad; para un emprendedor, también
puede representar una oportunidad de crear valor. No necesitas comenzar teniendo
una gran oficina, decenas de empleados o una inversión enorme. Puedes comenzar
ofreciendo aquello que sabes hacer y aprendiendo aquello que todavía no sabes.
Si sabes diseñar, busca quién necesita diseño. Si sabes programar, encuentra un
proceso que puedas mejorar. Si sabes vender, identifica un producto que necesita
llegar a más personas. Si conoces agricultura, comercio, administración, gastronomía o
cualquier otra área, observa qué problemas existen dentro de ese mundo. No necesitas
saber hacerlo todo; necesitas encontrar algo que puedas hacer bien y que sea valioso
para alguien más.
No necesitas tener 40 años para comenzar
Tengo 22 años. Sigo estudiando y tengo muchísimo por aprender, pero precisamente
esta experiencia me ha demostrado que no necesitamos esperar a sentirnos
completamente preparados para comenzar. La preparación importa, la experiencia
importa y la educación importa, pero también importa atreverse.
Emprender joven significa equivocarse joven, aprender joven, construir relaciones joven
y acumular experiencias que difícilmente podrían obtenerse únicamente dentro de un
salón de clases. Eso no significa romantizar el emprendimiento: construir una empresa
exige sacrificios, incertidumbre, responsabilidad y muchas horas de trabajo. Pero
también permite experimentar algo extraordinario: ver cómo una idea que alguna vez
existió únicamente en una conversación comienza a convertirse en una organización
real.
La próxima puerta
Si pudiera compartir algo con otro joven que hoy está pensando en emprender, sería
esto: no esperes a que alguien llegue a decirte que ya estás listo. Prepárate, observa,
pregunta, acércate a empresarios, habla con profesionales, participa en espacios
donde puedas conocer personas, cuenta lo que haces, presenta propuestas, pide
oportunidades y toca puertas.
Algunas personas te dirán que no. Otras ni siquiera responderán. Pero alguna dirá que
sí. Y muchas veces solamente necesitamos que una puerta se abra para demostrar de
qué somos capaces.La edad no construye empresas. Las decisiones sí. Por eso, si eres joven
y llevas tiempo preguntándote qué podrías emprender, quizá has estado buscando demasiado lejos.
Mira a tu alrededor, encuentra una necesidad, piensa cómo podrías resolverla,
prepárate para hacerlo bien y después sal a buscar a quien necesita esa solución.
Porque algunas de las empresas que necesitaremos durante los próximos diez años
todavía no existen. Tal vez una de ellas comienza con un joven, una idea y el valor
suficiente para tocar la primera puerta.