
En el mundo, según información de Naciones Unidas, se estima que más de 1200 millones de personas son jóvenes. Y en América Latina, una de cada cuatro personas tiene entre diez y veinticinco años (UNFPA); es más, el promedio de edad de la población es de 29 años. Ante los problemas que la región enfrenta, esto supone un peso de responsabilidad importante, como también un reto y una oportunidad incomparables.
Pero esos no son los únicos datos que importan. Los desafíos que se presentan ante los guatemaltecos abarcan un extenso menú: pobreza y pobreza extrema, incerteza, informalidad y subempleo, cambio climático, desigualdad, corrupción, percepción de ineficiencia judicial… La lista parece inagotable, y los problemas – muchos de ellos heredados de la mala gestión de las generaciones anteriores – encuentran la posibilidad de ser resueltos en la población joven, con su energía, su frescura y su formación.
Uno de los puntos que tenemos a favor es que entre el 50% y 70% de ellos confía en los modelos democráticos de gobierno y desea involucrarse en acciones de incidencia política y ciudadana. Así, las juventudes organizadas se manifiestan, demandan y hacen notar los obstáculos, además de proponer soluciones. Están activos y ya no tienen miedo, lo que es valioso e importante. Pero remar contra corriente puede agotarles, sobre todo porque pareciera que su voz no es tomada en serio. De hecho, la brecha de poder entre generaciones sigue siendo grande, a pesar del activismo y el deseo de cambiar las cosas.
Es preciso identificar otros espacios de incidencia en los que el desarrollo pueda ser gestionado desde las mentes de la gente joven, puesto que la ejecución, definitivamente, estará en sus manos. Para ello, es preciso superar los obstáculos de base: educación y acceso a oportunidades de trabajo.
Las estadísticas no mienten: en Guatemala, menos del 30% de los estudiantes tiene acceso a completar el nivel diversificado, y el porcentaje de quienes llegan a las aulas universitarias es cercano al 7.5%. A pesar de ello, casi la mitad de la fuerza laboral del país está constituida por jóvenes. Si de la juventud depende la vida económica, tanto en la formalidad como en la informalidad, podemos estar frente a una ventana abierta para el desarrollo.
Eso sí, se requiere de personas con la vista orientada hacia el bien común, que implica estar atentos a los problemas de toda la población. Aquí se trata de generar un ciclo en el que se tome consciencia de que el desarrollo es un escenario en el que todos podemos tener un papel protagónico. Será de todos, o no será.
Si no existen suficientes espacios de acción política para los jóvenes, ni voluntad para generarlos, no es necesario esperar. La juventud piensa distinto, su creatividad es más inquieta y tiene todo para ofrecer propuestas de desarrollo que funcionen y respondan a los distintos intereses involucrados. Hay ejemplos interesantes en otros contextos, sobre todo en el ámbito de las tecnologías y la sostenibilidad ambiental. El mundo digital es uno en el que las nuevas generaciones se desenvuelven con mucha soltura.
Los jóvenes, a partir de sus valores insignia – la libertad y la justicia – tienen un superpoder: proponen modelos de negocio que escalan fácilmente, comprenden como acceder a todo tipo de mercado, y son capaces de innovar y adaptarse a un mundo en constante cambio. ¿Qué hace falta? Fundamentalmente, tres cosas:
En primer lugar, abandonar las nociones de “prosperidad” que les impusimos quienes pertenecemos a las generaciones anteriores. Esto les permitirá salir de la sociedad de lo desechable y trasladarse, por completo, hacia una nueva forma de percibir el valor.
En segundo lugar, aprovechar la democratización del conocimiento que ha sido posible gracias al Internet. Quedan pocos lugares en los que no hay acceso a la red global, y en los que no lo hay, los jóvenes encuentran – tenaces como son – los medios para capacitarse y formar su mente y habilidades. Quienes consigan ingresar a los estudios superiores podrán tenerla más sencilla, pero no serán los únicos dueños del conocimiento. Y eso es importante.
Como último punto, es importante modificar las creencias respecto a la población más joven. En sociedades como la nuestra, hemos crecido con certezas equivocadas: desconfiamos de los “patojos”, de su compromiso, responsabilidad y capacidades. Importa construir un entorno equilibrado, que valore la experiencia y la prudencia con la que puede pensar un adulto más viejo, mientras combina su sabiduría con las nuevas ideas, para darle certeza a los modelos de negocio que puedan surgir. Hay que dejar el “no” atrás, y sustituirlo, poco a poco, por el “¿por qué no?”
Al fin y al cabo, este mundo ya es de los jóvenes. Habrá que soltar la estafeta, porque de ellos depende ahora el desarrollo.